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lunes, 15 de noviembre de 2010

El cuento del perdedor.



A la entrada del otoño… a los árboles le salen canas.

La madures de los árboles, entre año y año, se miden por el color de sus hojas.
Las canas de los árboles no son blanquecinas. Son de color verdirojo. O de un color dorado tostado como la piel con maquillaje de algunas mujeres. Tostado. Tostado. como mi morena.

Mis canas son blancas. Me salen en las sienes, el pecho, el cuello y la espalda. Pero me siento como un árbol.

( El tiempo pasa y yo ya no te tengo )

Este para mi es un otoño más. Tan solo otro día. Otro día. Otro momento de frió. Antes de que acabe mi viaje. Mi vida.



Me senté en el sofá de la piecesita al lado de la ducha y el baño. No podía haber un lugar más hermoso.
Las cortinas de la pequeña sala me saludaban al compás del viento.
Tengo frió. ¿Te molesta el humo? ¿Las puedo cerrar? No espere. Volví a encender otro cigarrillo.

Ella no contesto. Estaba enfrascada con los broches de su brassiere.

Cerré las ventanas y la mire. Era lo más parecido al cielo. El brillo de sus ojos me tenía perdido en el vacío. Solo y mudo. Feliz. No había nada más en el mundo que ella y yo.

Pero el demonio que habitaba en su cuerpo lo sabía. Y me roía la conciencia. Yo estaba loco por ella. Y sin decirme nada, me llamo con la mirada.

¿Te ayudo con ese coso?
No espere respuesta alguna y la abrace con fuerza, mordiéndole los labios.
¿Por que no te casaste conmigo? Le pregunte.

Ella no me dijo nada. Solo me mordió fuerte el cuello mientras se desprendía de la poca ropa que la separaba de mí. Y de mi vida.

Mi vida.
Mi vida eran solo un par de horas al mes. Mi vida no era mi vida.
Vivir era solo contar cada día para dormir con ella.

Yo no estaba vivo. Pero en realidad, quien no ha sentido la furia de lo prohibido, no conoce el éxtasis de vivir.

Era peor no verla. Era peor no sentirla. Horrible seria morir y no volver a estar con ella.
Y a pesar de todo… esas dos horas. Valían no sentirme vivo. Valían vivir de mentiras.

Me dijo que la acariciara. Aunque yo quería convertir en oro todo lo que ella tenia. Cada cachivache de su cartera, cada tela de su ropa, cada beso con que suspiraba en su cuello.

Mis manos no daban abasto a todo el amor que sentía.

Pero como todo enamorado furtivo; yo solo tenía mi pena. Y los días. Los días para contar. Segundos, minutos ansiosos; horas para compartir mi pena.

Yo la amaba. Y ella a mí. Pero estábamos partidos. Destruidos por nuestro embustero amor prodigado.

Ya no había vuelta atrás. Todo ya estaba escrito. Estábamos envenenados y malditos.

Dile a tu marido que te cuide. Le dije sarcástico y celoso.
¡Que la puta de tu mujer te bese mejor que yo! Me dijo con furia asesina.

No dije nada. Tan solo le acaricie la cara mientras me besaba y mordía la mano. Me lo había ganado. Pero no sentía culpa alguna. Estaba tan frió como el aire.



Camine hecho pedazos hacia mi casa.

Me esperaba un beso. Una caricia. Y una culpa aterradora. (Y un horrible odio hacia mi mismo)

El bistec de mi plato parecía un premio. Pero yo no sentía su sabor. En cuanto podía; entre risa y risa con mi mujer, los labios de la que era mi vida me amargaban todo.

Pasada la cena me fui a dormir entre arrumacos.
Y entre resquemores y sueños me sentí decir: “Te quiero mi amor, eres mi vida.”

Y un abrazo somnoliento me hizo llorar en silencio.

FIN.

1 comentario:

monica zamorano dijo...

cuento que a mi criterio lo asimilo mas a poesía tiene la fluidez y la fuerza,la magia esa magia que es capaz de transportarte al lugar y espacio entre los amantes saboreando la fruta prohibida esa fruta que puede tener el sabor mas dulce o el mas amargo...... me encanto felicitaciones Pablo y como diría una amiga querida el duende de la poesía te habita.